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lunes, 10 de junio de 2013

Fluorescencias en la dimensión azul

"La rubia del cuento ridículo"


Volvía de una parada técnica a pura paranoia reality show, vendiendo fuera de foco por zoom y acompañado de esa música que lejos estaba de estimular vacilación. Pero no era casualidad, nunca lo era; así lo había planeado, siempre planeaba.
El dealer de ilusiones mezclaba todavía latino y, a ese ritmo, calculaba llegar en cero a la pista, sin haber desperdiciado ni un cachengue veraniego.
Poco dejaba librado a la imaginación, aunque ya todo ello no fuera más que gracias a su destreza; igualmente, siempre confiaba en que esa parte de aquélla que quedaba inconscientemente fuera de su control, apareciera cuando más la necesitara, para hacer historia.
Repentinamente la rigidez del retorno fue sacudida: de una órbita de chulas tan estelares como lunáticas, la segunda rubia más linda según su cosmodimensión de disco, como posteriormente la describiera, le arrebató la mano con que desfachataba el pliegue de sus ropas y luego de espiarle su despeinado, lo arrancó a bailar una coreo bizarra. Un combo de giros inducidos a psicodélica velocidad, hasta desorbitar en carcajada cómplice. Si tres es mareo, cuatro es un exagero.
A su experiencia no le resultó difícil decodificar de qué iba la movida. Así fue que luego de la última rotación, que no escapó al sincompás de las anteriores, e impulsado por un remix que barajaba un abanico de recursos, entendió que ya estaba en juego y debía dejar todo: copar la ronda, relajar la pelvis y no parar de hablar.
Su instinto de batalla le propuso un accesorio que maquinó su imaginación (siempre fue de los que creen que la diferencia está en los detalles), sin embargo, el segundo susurro al oído murió ahogado en miel.
La rubia comenzó a apagarse, impuso distancia, pegó media vuelta, buscó sociedad en el único intruso y para no aletargar su ego, continuó sacudiéndose tosca y descoordinadamente, un tanto nerviosa, otro tanto apurada, como casi toda la noche, como casi toda su vida.
Él se resignó humildemente a quedar fuera de lugar, ¿qué más podía hacer?, era parte del riesgo de atacar, así mandan las reglas en las que disfruta jugar; su fe es voluntad de esta vida, que desde siempre le debe un batacazo. 
Pasado lo ridículo, remaquilló su ficticia mirada y se alejó de la frustración que primeramente no había optado discutir.
Jamás renunció al personaje, un traficante de humo, manejó su infiltración como un campeón y ni la noche lo resintió, todo lo contrario, activó su performance pistera, de la que presumía daba qué hablar, cautivando con destreza nuevas fans. Tampoco renunció a sus ideas, un absurdo, así como lo excitaba suponer, era tan vulgar delirando con que su obsesión sincrónica estética lo estimulaba a vomitar timidez.
Avanzaba la madrugada y huía la oscuridad horizonte atrás del ventanal al mar, atormentada de pudor y anestesiada por el frenesí, cuando en la fría claridad de la barra él se movilizó de lucidez y sintió ganas de atreverse. Las mismas ganas que ella transpiraba para calmar su histeria social.
No es que le fuera a cambiar su forma de entender la vida, ni mucho menos que podría empezar a cambiar la que tienen los demás, tampoco le representaba un desafío personal, ni creía que el ridículo habilitaba venganza, siquiera una revancha moral. 
Quizás no era capaz de comprender qué lo movía, que lo movía el corazón; tal vez no sabía qué buscaba, aunque sabía que solamente por eso lo iba a encontrar.
Vio a la rubia próxima y vulnerable, distraída sin saber, distraída desde nacer; con convicción emocional se le acercó y cuidadosamente, pues no quería empeorar la primera impresión, aunque no hubiera calificado como tal, le recitó todo un protocolo al que había dado más vueltas en su cabeza que a los cuba libre. Quería demostrarle que era inofensivo y asegurarse que la inconmovible burocracia comunicacional femenina lo dejaría hablar hasta el final. 
Así fue que, una vez acabado el preludio y antes que ella llegara siquiera a esbozar una mueca de asentimiento a su pedido, que a esas alturas ya garpaba más que un trago, él entendió que su vacilación era un pie más que justificable para empezar a exponer.
Algo así le gritó: ‘Quizás vos no te acuerdes, soy a quien agarraste e hiciste dar una par de vueltas dentro de tu grupo de amigas, bah, un par no, ¡miles!. Cuando te comencé a hablar me despachaste medio burlonamente delante de ellas y te quedaste bailando con otro’; respiró apurado (sabía que era clave no dejar de hablar) y arremetió ‘bueno, nada más quería decirte, porque por ahí no lo ves así, que eso que pasó no está bueno … a ver, imaginalo al revés’ (y pensó en voz alta) ‘sos una princesa, de esas de los cuentos, y posta que lo sos’ (ya lo estaba disfrutando, se sentía confiado, hasta le sobraba para cancherear) ‘y te estás por casar con el caballero más valiente y fuerte, pero resulta que imprevista y egoístamente se borra y te deja ahí paradita sola, de cara al murmullo popular, con el orgullo aturdido y el autoestima por el suelo porque la humillación no te deja levantar la cabeza, ¿serías capaz de soportarlo? ¿lo podrías superar? Seguramente, cuando des media vuelta y quieras escaparte corriendo de la incomodidad, te sientas la mina más ridícula, humillada e infeliz del mundo’.
Hizo una pausa, tenía que darle un remate, su lógica le mostraba dos alternativas. Prosiguió: ‘En fin, seguramente nunca lo pensaste así, ni siquiera tenés por qué. Yo tampoco sé exactamente bien qué hago acá y ahora diciéndote todo esto. Además, no me parece que las conclusiones estén de moda, en todo caso, no tendría onda, ¡y eso sí que no estaría bien! Pero por ahí está bueno verse con los ojos del otro para saber qué tanta onda realmente tenemos. Bueno, solamente eso... todo bien, aunque en verdad no esté todo tan bien’.
Ella, que había bajado su mirada desde que él había comenzado a recitar, como en busca de una abstracción sensorial que dimensionara su inconsciente en la experiencia, levantó sus pupilas hasta apuntarle las mejillas y a las palabras que había renunciado pensar las sumergió violentamente en el promiscuo jugo que de la fricción de sus labios y la cadencia de sus lenguas despilfarraban. Una sinapsis insaciable de intimidad de comisura a comisura que casi que le desnuda el corazón. Nada más alejado a su artificial histeria de fin de semana, cebada de energizantes unisensoriales.
Fue la imagen más real que jamás haya querido ver en una disco.


jueves, 14 de junio de 2012

Fluorenscencias en la dimensión azul



"Venus y la mar psicodélica"



Se detuvo a recordar el ocaso anterior en que había permanecido con el alma absorta ante aquella porción del amor. Había sido ello tan sublime que, ayudado por su quietud, la psicodelia austral de la mar de fondo quedaba ajena a esa dimensión.
Fue el fenómeno más imponente que la naturaleza, y su naturaleza, le habían querido mostrar hasta entonces, e incluso algo así era como lo había imaginado. También era su anhelo y sabía que no estaba muy distante, de hecho con sólo dejar de pensarlo ya lo hacía presente y en él la psicodelia era más propia que nada en su vida.
Ella lo trajo de regreso, - “¿en qué pensás?”. En verdad soportaba poco los silencios. Su vida aturdida por la lujuria ególatra de ciudad hacía ello casi inevitable, aun cuando estuviera tan lejos de los rumores. A su vez, sentía cierto resquemor de que no fuese en ella, o que fuese por demás en ella. Nada parecía lógico en sus pensamientos, Reina de la incoherencia, su cabeza era un baúl con juegos de azar desordenados, a los que le gustaba ganar, e ideas raras, a las que se aferraba y soltaba con la misma facilidad.
Por su parte, a él no le gustaba responder y aunque entendiera con claridad qué era realmente aquello en lo que pensaba, sabía que cualquier respuesta podría causar hasta la más impredecible reacción. Sin embargo, se había enamorado de todo eso pues nadie había coqueteado su lucidez combinando con tal elegante pasión el glamour del vestuario y la colorida desfachatez, la inmadurez para el compromiso y la pulsión sexual.
Era tan inquieta como la marea que mojaba sus pies empujada por el soplo húmedo del caribe sur y esa electrizante velocidad obligaba a que él se esmerara para seguir la cadencia de sus besos, a los que casi siempre corría de atrás, porque aun pudiendo tomar la iniciativa, le fascinaba dejarse llevar.
Fue así que ella apartó la sensibilidad de su lengua del labio superior de aquél y acariciándole los cabellos con la mano izquierda, buscó su alma y comenzó a cantar - “tiempo de cambio, de lluvia, de sol, tiempo de hacer amor”. Él no pudo resistir el coqueteo de esos ojos miel (ella tenía una sorprendente habilidad para sostener la mirada) y sin más se dejó vencer por las ganas de saciar la sed de su alma y desbordar hasta embriagarla del néctar de sensualidad que la colmena del corazón de ella guardaba. Nunca antes su mente se había rendido tan fácilmente, nunca antes su imaginación se había declarado en huelga por conveniencia, nunca antes su corazón se había agitado tanto.
Suavemente deslizaron sus mejillas rozándolas, sus labios caían húmedos y en cámara lenta a los laterales de sus cuellos, sus extremos buscaron todos sus rincones hasta enredarse por completo, no cabía entre ellos ni una gota más de locura. Sus corazones se buscaban como imanes a pesar de quedar opuestos y retumbaban en sus pechos como pidiendo a gritos encontrarse. El último resquicio sensorial fue sentirse respirar mutuamente desde lo más hondo de sus sensibilidades, como si lo ajeno fuese tan propio como sus deseos. El resto fue viaje… Todo se volvió surreal, como si fuesen caricaturas atrapadas en el sueño de un Dios presumido: el cielo eligió despintarse, la tarde se hizo azul, el mar ahora era éter y el sol, humillado por el fulgor de la Venus, renunció su dignidad y se hundió en el vacío existencial de aquel horizonte solitario para ser una estrella más que idolatrara la divinidad.
Ella no quiso despedirse, odiaba verlo partir. Le había manifestado que entre la bruma de su alma sólo él era capaz de encender las luces que la estimulaban y que adoraba tanto ello que le gustaba jugar a descifrarlas. Se estaba volviendo vulnerable y sabía que con esa actitud difícilmente sobreviviera a la ciudad.
Y él, aunque había visto frustrar el capricho de que sus cuerpos se dijeran adiós, regresó pensando que esperar siete años para volverla a tener no era más de lo que le exigía su obsesión. Aun así, no paraba de convencerse que aunque adoraba la distorsión de ciudad, babylonia sin ella no tenía razón de ser.

"Venus" de Jesús Anibal Madrigal Trujillo.


lunes, 4 de junio de 2012

Fluorescencias en la dimensión azul


Eso que dijiste de “saudades”


¿Cuánto puede flotar entre la niebla de una mente sin gravedad ese deseo perturbadoramente encantador de vernos y tenernos cuando la imposibilidad física se hace evidente?

La alternativa puede ser obvia, pero ¿será que tentar los sueños es pecar contra el extraño orden de los sentimientos?

Más bien, supongo, será pensarlos hasta alucinar vivirlos con total fascinación, aunque sin razón, claro; porque cuando la haya, que la hay, será soñado, y será sentido y pensado y fascinado con la máxima sazón.

Hasta tanto, y sin importar su longitud, dudo si son locas las ganas, o las ganas la locura, o si sería loco ya no tener ganas de llegar hasta vos, y con vos a donde la locura desconocía y conoció de un corazón; aun cuando nunca lo hubiese realmente conocido.

Lo único que a esta distancia puedo asegurar es que locura y voluntad, deseo e imposibilidad, sueños y realidad, lo conocido y por conocer, es algo de lo que decís de saudades.

Quizás sea por eso que no tengamos una palabra, sino que sean todas ésas, más todas las que hablan de vos cuando estábamos, de vos sin los dos, de yo sin los dos y de yo con las únicas ganas de vos.

"Saudades", Will Kerr.